PREMIO DE LA PRENSA “A LA MEJOR OBRA MUSICAL” DE LA BIENAL 2008

20 10 2008

SEVILLA. Periodistas y críticos de flamenco de Sevilla concedieron el pasado sábado 18 los I Premios de la Prensa que llevarán el nombre del desaparecido bailaor «Mario Maya». Estos galardones se conceden a los artistas que han actuado en la pasada Bienal de Flamenco. Juan Carlos Romero obtuvo el premio a la Mejor Obra Musical por Raíces y alas.





XIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA

20 10 2007

Guitarra: Juan Carlos Romero. Guitarra 2: Paco Cruzado. Baile: Rafael de Carmen. Cante: Rafael de Utrera. Percusión: Antonio Coronel. Palmas: Bobote

Texto: Estela Zatania

XIV BIENAL DE FLAMENCO DE SEVILLA

El tercer concertista de guitarra de esta Bienal de Flamenco anoche ofreció su recital en el Teatro Central. Juan Carlos Romero, onubense, pertenece a la primera generación influenciada por Paco de Lucía, aunque su formación tuvo lugar con Manolo Sanlúcar. Entonces incorpora la perspectiva y conceptos de los dos maestros de la nueva era de la guitarra flamenca.

Con la dramática evolución de las armonías de las últimas décadas, el mercado globalizado, las influencias recibidas de otras músicas y hasta una nueva manera de trabajar el compás, nos encontramos a menudo con la curiosa situación de que al aficionado que no está familiarizado con la obra de un determinado guitarrista, le cuesta identificar el palo, y a los no aficionados les da igual, porque escuchan el flamenco como música bonita sin buscar una estructura. No es que otros toquen sin compás, sino que las composiciones de Juan Carlos Romero muestran un deseo de crear dentro de los parámetros establecidos, y más importante, dejarnos participar del compás en lugar de tener que pescarlo. Por este motivo Romero suena, no sólo “a Romero” como dice el título del espectáculo, sino “a flamenco”. Un flamenco refrescado a la vez que clásico, sin instrumentos adicionales excepto por la discreta percusión de Antonio Coronel y la atracción añadida de dos Rafaeles, el de Utrera en el cante, y el de Carmen en el baile.

Breves secuencias de notas que sorprenden por su sencillez y belleza

Romero se presenta “a lo Hitchcock”, disimuladamente cruzando el fondo del escenario de izquierda a derecha, para luego aparecer desde el lateral derecho. Se entiende como una manera sutil de manifestar su deseo de hacer algo diferente pero digno. Después de la farruca, que ostenta la novedad de sonar a farruca, Romero explica que la taranta que tocará a continuación se llama “Río tinto”, la zona minera de su Huelva natal. La “soleá-bulería” (otra etiqueta más para esta forma comodín que admite una diversidad de cantes, tradicionales y originales) se toca en Fa dando un aire levantino sin perder el color natural del palo, hay que ser músico y tener conocimientos. El fraseo de Romero es original, y sus melodías contienen breves secuencias de notas que sorprenden por su sencillez y belleza.

El tema “Fantasía” es una composición en medidas de tres, en los años setenta se decía “vals flamenco”, y Rafael de Carmen baila al fondo. Se marchan los demás músicos dejando a Romero con Rafael de Utrera, y una bombilla de poca potencia colgando desde arriba es la ambientación y única iluminación para la taranta que interpreta el cantaor. Se despeja el aire con alegrías en postura de Mi. Romero tiene el detalle de establecer la personalidad de cada toque con frases y acordes conocidos antes de exponer su creatividad en tangentes musicales – es una fórmula que da resultado y se agradece. Baila Rafael de Carmen, tan espectacular como siempre, pero faltándole la tranquilidad y sobriedad propias de su generación de bailaores.

Romero suena, no sólo “a Romero” como dice el título del espectáculo, sino “a flamenco”

Romero habla con gran ternura acerca del Niño Miguel, aquel alma perdida, guitarrista genial que fuera y que ahora deambula por Huelva pidiendo monedas. Recuerda que fue el padre de éste que le dio las primeras clases de guitarra, y explica que va a tocar una pieza compuesta en su honor y que llama La sombra, “porque el Niño Miguel ya no es ni la sombra de lo que era”. Antes de que comience, todos los demás se han descalzado, y sólo después de estos tientos tangos explica Romero con voz baja que el gesto ha sido para recordar a aquel guitarrista que “va descalzo por la calle como Cristo…es la crudeza de Miguel hoy”. Hubiera sido fácil caer en la sensiblería con este interludio, pero la sinceridad de Romero logra que el momento quede como un auténtico homenaje a su amigo.

El recital es redondeado con tanguillo y bulería, todo bien anclado en un compás transparente, y la rumba Isla Canela de su último disco sirve de bis.





Nominado para los Premios de la Música 2007

20 10 2007

Como autor de la mejor canción por “Buenas intenciones” del disco de Miguel Poveda “Tierra de Calma”. Y al mejor album de flamenco, como autor, por “Tierra de Calma” de Miguel Poveda





Crítica Diario de Sevilla

9 10 2006

Diario de Sevilla (09-10-06)
XIV Bienal de Flamenco
Por Juan Verguillos

EL JARDIN CERRADO DEL ROMERO

 

 

Un jardín cerrado. Un espacio propio. El jardín tapiado es el escenario del encuentro entre los amantes en la literatura clásica. La armonía de las fuentes, de los setos, de los arboles frutales. Ese es el espacio que Juan Carlos Romero ha inventado. Un espacio propio, exclusivo. En el que propiciar el encuentro con el aficionado. Un lugar creado con falsetas de luces pequeñas, íntimas, con melodías recogidas, depuradas. El intimismo frente al descaro social de la guitarra contemporánea. No se trata de asombrar, sino de algo mucho más sencillo y difícil: ponerse en contacto con las emociones, las propias en el caso del guitarrista. Las propias en el caso del espectador. Un concierto construido con mimo, con amor. Romero-Gamboahan inventado el concierto escenificado en el flamenco, una fórmula que augura grandes hallazgos. Ayer nos ofrecieron unos cuantos. Unos toques de genio por parte de la directora. Gamboa ha trasladado al lenguaje escenico el intimismo, la mirada recogida, ascética, de Romero. Con unos toques de genio que son consecuencia del oficio. El mismo que atesoran el resto de los implicados. Coronel, espoleando las melodías con una madeja rítmica poderosa. El Bobote, compás en el corazón desde su infancia. Rafael de Utrera, soldado de tantas batallas flamencas, aunque no tuvo anoche su mejor actuación. Paco Cruzado, solidez en el arrope armónico. Rafael de Carmen ensolerado, enjuto y viril.
Un par de ellos, a vuelta pluma: el intimismo de los cantes mineros, con una luz de galería. O Rafael de Carmen multiplicado en las proyecciones en su primera intervención.
Juan Carlos Romero expuso su mensaje en un concierto medido, con unas luces sobrias y seguras. Desde el intimismo solitario del minero en la taranta. Pasando por el empuje de la soleá, la felicidad familiar de las alegrías. La contundencia rítmica, aunque en absoluto apabullante, de los tangos, rumbas y bulerías. También la melodía cantable, como en la rumba. Y la evocación de un maestro, un mito del flamenco contemporáneo, el Niño Miguel, en La sombra, acaso el tema más comprometido del concierto.
Romero se ha construido un espacio propio y eso requiere no sólo inventiva, inquietudes, tener algo que decir. También tenacidad, fe en uno mismo. Romero ha alcanzado la madurez en su última propuesta en que la austeridad lima toda tentación de grandilocuencia. Y esto es lo más difícil que puede hacer un hombre, un músico. Por algo la jardinería es un saber milenario en Japón. Eso es más importante que la velocidad en el escenario o el mástil, o que la pretendida originalidad, un virus del que aún no nos hemos curado del todo. Escuchar el corazón y proyectarlo. Pero para eso hay que disponer un espacio donde este animal tan poderoso como asustadizo se encuentre a sus anchas. Todo estaba muy bien puesto, y con un gusto muy exquisito, anoche. Sin grandilocuencias y sin incoherencias. Y con una perfecta concordancia entre el lenguaje musical y su trasposición visual. Objetivo cumplido por tanto.





Crítica Diario ABC

9 10 2006

Diario ABC (09-10-06)
Por Alberto garcía reyes

ROMERO A LA VISTA

Al fondo, muy al fondo de lo que salta a la vista, hay una capacidad creadora sustancial. Juan Carlos Romero no es lo que se ve. Es lo que no se ve. En El escenario sólo está la punta del iceberg. La guinda. Su verdadera inmanencia está detrás de lo que suena, en lo que se oculta bajo cada nota, tras cada toque. La farruca es paradigma perfecto. Aparte de que a su interpretación le suenen las tripas, el crujido de la madera, su forma es la consecuencia de una búsqueda concreta. Cada silencio está ahí por algo. Fluyen las melodías como pinceladas impresionistas, con aspecto individual, pero con resultado colectivo. Aquí no existe el corta y pega. Si una falseta se encamina hacia una armonía concreta, la siguiente vuelve a pulular por ahí. Su una frase se regodea en lo rítmico, la de después se aleja de lo melódico. Y una ley: todo suena a lo que tiene que sonar. A lo que pone en el papel. Sin recurrir a los acordes clásicos, pero sin faltarle el respeto al carácter, a la identidad de cada estilo. Es verdad que cuando entra a compás no sigue la tendencia de la farruca, sino que cambia a tres por cuatro. Pero con sentido. La taranta de Riotinto sigue esa norma. Sí, es verdad, hay un momento concreto en el que lo que hay en la cabeza no llega a las manos. A quién le importa eso cuando se toca a una hora impuesta. Yo me quedo con la pausa, con la belleza ceremonial de ese toque justo, sin excesos, sin concesiones, en el que hay cadencia y, sobre todo, mucho peso. Peso de mina honda. Lo mismo que en la soleá por bulerías hay muchos conceptos rítmicos personales, contrapuntos distintos. Sonido modal sobre armonía fuera del canon. Esa es la parte que se ve. La que no se ve es la que se siente. Por qué todo está tan ordenado hacia la emoción. La técnica que tiene es la que tiene que tener. Mezcla sus recursos para hacer música, no acrobacias, aunque un análisis más profundo nos indicaría que cada una de sus falsetas cuesta un mundo tocarlas. Porque están armonizadas hasta el nudo. Lo que se ve es un bailaor de colosales armas al fondo, nacido de la sombra. Lo que hay es música que exige baile. Lo que se oye es un cante por tarantas que nace con más sufrimiento del habitual de la garganta de Rafael de Utrera. Lo que hay es un concepto del acompañamiento que no se queda en la simple respuesta al cante, sino que lo mece por detrás. Lo que se ve es un toque por alegrías en el que por primera vez recurre a la armonía tradicional. Lo que hay es un rastreo por melodías que cosen de forma distinta al compás. Lo que se ve son unos tientos tangos en homenaje al niño Miguel. Lo que hay es una entrega sin paliativos a la figura del guitarrista, que ha de descalzarse para expresarse, porque la rabia le impide llegar al centro de sus sentimientos sólo con una sonanta. Lo que se ve es un tanguillo hecho para “Rinconete y Cortadillo”. Lo que hay es un tanguillo absolutamente distinto al resto. Lo que se ve es una fiesta por bulerías . Lo hay es la madre de la bulería por medio, el culto al nudillo.

Lo que se ve de Juan Carlos Romero es bello. Pero lo que no se ve es crucial.